Alguna vez, don Miguel Altabás, un educador español tan terco como apasionado, enseñaba a los futuros docentes de educación física que entre los 9 y los 10 años el niño atravesaba por una “edad de oro”, donde las habilidades adquiridas se fijaban con carácter indeleble en la memoria motriz para el resto de la vida.
Que “a esa edad había que estimularla”, “que mientras más actividad física hiciera el niño mejor” y tantas otras filípicas más, que por su énfasis todavía retumban en las paredes añosas de las aulas.
A pesar del tiempo transcurrido y de las distintas posturas existentes sobre el tema, no cabe duda de que las cualidades biomotoras condicionales, sobre todo las coordinativas, encuentran su terreno más fértil en edades tempranas.
El fundamento reside en que la maduración funcional y morfológica de las células nerviosas alcanza su máximo a los 10-12 años, siendo por ende el sistema nervioso central el primero que se desarrolla en el ser humano.
Según Grosser, las fases sensibles para las capacidades de coordinación se ubican en edades de entre 7 y 12 años y para el aprendizaje motor y el entrenamiento de la técnica, entre los 9 y 13 años.
No estamos hablando de actividades complejas, sino de aquellas que realiza el niño con su propio cuerpo, a través del juego y en sus primeros pasos en el deporte.
La carencia total o parcial de tales estímulos en la infancia ha propiciado la llamada “ley del tren perdido” que pregona “Lo que de niño no se aprende, quizá de joven ya nunca se aprenderá”.
Luego de esta introducción, algún lector podría objetar con toda lógica que no pretende de su hijo, un deportista. Aun en tales casos, la falta de actividad física suficiente en los primeros años de vida, como veremos, puede repercutir en la futura salud del adulto y hasta en su integración social.
Desde la salud
El primer estudio epidemiológico realizado en nuestro país para detectar trastornos alimentarios llegó a la conclusión que el 26,4% de los chicos estaba excedido de peso. De ese grupo, el 80% no realizaba actividad física y solamente el 2% de los que tenían sobrepeso u obesidad la incluían como práctica regular.
La vía más directa hacia la salud es aprender desde la infancia y, para ello, tiene que estar involucrada toda la familia en hábitos alimentarios saludables y en la disposición del tiempo para dedicarlos a actividades lúdicas que impliquen movimiento.
El Dr. Rafael Shuchleib, presidente de la Fundación Interamericana del Corazón (FIAC), afirma que “Los niños de 10 años reflejan los hábitos de su familia, de sus compañeros y de su entorno social, y los investigadores actuales indican que los hábitos de comida y de ejercicio se consolidan a esta edad y los acompañan durante toda la vida”.
Según una inquietante encuesta de TNS Gallup, 6 de cada 10 argentinos son sedentarios. La actividad física es vital para una buena salud cardíaca, afirma el comunicado de la FIAC y su ausencia puede fomentar la obesidad, la diabetes y la hipertensión. Así mismo se estima que en los últimos 10 años el número de niños con sobrepeso ha aumentado de dos a cinco veces en los países desarrollados y casi cuatro veces aquellos en vías de desarrollo.
En concreto, la prevención primaria de tan difundidas enfermedades debe empezar cuanto antes con el reconocimiento, por parte de los padres, de la oportunidad de ayudar a sus hijos que se les presenta.
Desde lo social
Los niveles de actividad física de los niños, según se ha demostrado, pueden mejorar considerablemente con la participación de sus padres.
Una encuesta, organizada por la Asociación Latinoamericana de Salud y Actividad Física, indicó que el 98% de las madres acuerda que hacer deporte junto con sus hijos es positivo para la relación entre ambos.
El sondeo, llevado a cabo entre progenitoras de niños de entre 6 y 12 años de distintos puntos del país, reveló que el deporte ocupa el primer lugar entre las actividades recreativas más estimulantes para los chicos en edad escolar y que genera vínculos positivos entre padres e hijos.
Como afirma Rhonda Clements, doctora en Educación de la Universidad de Columbia: “La identificación que un nene construye con su papá y mamá mientras juegan lo ayuda a desarrollar destrezas físicas, sociabilizar, aprender y divertirse. Los valores que se transmiten en este “compartir” son vitales para su crecimiento, como la solidaridad y la amistad, entre otros. Los deportes siembran los valores para la vida. Aumentan la autoestima del niño, pues él se da cuenta de que su cuerpo está creciendo más sano y fuerte. Amplían las habilidades sociales de los chicos, ya que son más conscientes y sensibles de los intereses, limitaciones y fuerzas de otros niños. Y lo más importante es que ofrecen a padres y niños diversión y oportunidades significativas de compartir valores familiares que pueden durar toda la vida”.
Los niños argentinos realizan un promedio de práctica deportiva extraescolar de 6,4 horas semanales. La principal causa por la que los chicos argentinos no realizan actividad física es la falta de tiempo de ellos y de sus padres.
La vida actual está llevando a que ese espacio vital se reduzca, priorizándose el “ocio digital” (tevé, juegos electrónicos, PC) que cuando es mal utilizado genera introversión, quietud y consumo.
Así, las empresas que comercializan celulares consideran que el sector del mercado con mayor potencialidad está constituido justamente por los niños de 8 a 12 años.
Aun enfrente de otras realidades sociales, la actividad física infantil también constituye una manera de acceder a la educación no formal, de favorecer la igualdad de oportunidades y de incluir socialmente a los más desprotegidos.
Por ello en la generación de hábitos sanos y deportivos, toma especial relevancia el rol de los padres, las escuelas y el Estado.
En tal sentido, el pedagogo italiano Francesco Tonucci ha reprochado la práctica de ciertos padres de hacer escarmentar o sancionar al niño con la prohibición del juego o el deporte que a éste le agrada. Tanto es así, que lo compara con el castigo que pudiera recibir un adulto de su patrón en “la supresión de la hora de su almuerzo o de sus vacaciones con el fin de aumentar su rendimiento”.
En síntesis, debe propenderse a que el niño vivencie la mayor cantidad posible de experiencias lúdicas con su propio cuerpo pues, como bien afirma Tonucci, “cuanto más haya jugado un niño, más rápido y efectivo será su desarrollo”.
MARCELO ANTONIO ANGRIMÁN (*)
Especial para “Río Negro”
(*) Abogado. Profesor de Educación Fisica. Autor: Legislación Actividad Física y el Deporte. Responsabilidad y Prevención en Actividades Físicas y Deportivas. Preguntas y Respuestas de Legislación de la Actividad Física, Escolar y Deportiva.
Fuente: http://www.rionegro.com.ar/
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