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Introducción

Si hacemos caso a la devoción popular que suscita el deporte, bien puede decirse que esta actividad, sus profesionales, voluntarios y los usuarios que la sostienen, viven una edad de oro cuyos destellos se advierten por todas partes. El ámbito deportivo está de moda y goza de una salud exultante, quizá sólo amenazada por la desmesura del éxito.

Moverse, disfrutar del juego, ponerse a prueba, cuidar el cuerpo y promover un estilo de vida activo y saludable son las credenciales más atractivas que hoy puede presentar organización alguna. Si a este retrato de
familia añadimos la fama de algunos deportistas, la imagen es deslumbrante: aupados a hombros de estos superhéroes, la línea del horizonte dibuja un campo profesional inagotable.

Las entidades deportivas mantienen un trato privilegiado con el más alto rendimiento, de manera que su necesaria puesta a punto puede beneficiarse de los modos de hacer contrastados en su propio hábitat natural, es decir, en
la misma preparación de los deportistas. Jugar para todos, disfrutar de la tarea, buscar la excelencia, entre otros, son ejemplos de superación en el deporte que las empresas más punteras intentan adoptar en sus propias compañías.

La actividad deportiva puede ser un modelo de crecimiento sostenible, a través de la superación de los retos y la satisfacción personal en la tarea. De igual manera que los preparadores planifican los entrenamientos, estas
entidades deben plantearse desafíos tan ilusionantes como la misma experiencia deportiva cuando nos involucra por completo y nos anima a dar lo mejor de cada uno, poniéndonos a prueba una y otra vez.

En otro tiempo hizo fortuna una campaña para la difusión de la actividad del deporte en forma de invitación irreprochable: Contamos contigo. Las organizaciones deportivas harían bien en aplicarse el cuento. De esta manera,
descubrirían en su propia gente la energía necesaria para superar las duras pruebas que aguardan a toda organización que aspire a ponerse al día para seguir viva en los nuevos tiempos.

Es claro que todas estas posibilidades no vacunan a nadie contra el despropósito. Al igual que el deporte no tiene la culpa de las fechorías que se cometen en su nombre, las organizaciones deportivas son obras humanas donde las mejores intenciones, por sí mismas, no garantizan la calidad del servicio, al punto de que pueden producir resultados bien distintos a los que se pretenden con tanta generosidad y esfuerzo.

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Gotzon Toral Madariaga

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